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ALGUNOS COMENTARIOS SOBRE CIEN AÑOS DE SOLEDAD, GARCÍA MÁRQUEZ

Mi intención en este breve artículo no es analizar esta obra de García Márquez porque, en primer lugar, no soy un crítico literario ni tengo aspiraciones de serlo. Es más bien un deseo, si se quiere, de cierto modo compulsivo de compartir con algunos de ustedes ciertas percepciones personales sobre esta obra.

García Márquez fue indudablemente un buen escritor. Y como toda persona tenía sus puntos fuertes y débiles. Su fuerza residía en un dominio extraordinario de la lengua de Cervantes y con un ritmo en la narración fuera de lo común. A esto debe añadirse un singular sentido del humor. Esto lo comprobé cuando leí su obra El amor en los aňos del cólera. La versión original de este libro era muy extensa, casi astronómica en contraste con la norteamericana.  Yo me preguntaba: ¿Qué me ata a seguir leyendo este libro tan extenso, prácticamente narrativo, expositivo y casi carente de diálogos? El ritmo, musical, un tanto poético de su prosa. ¿Por qué tan pocos diálogos? Este elemento, prácticamente ausente, en la mayor parte de sus obras tiene una simple explicación ofrecida por el propio autor en una entrevista que leí una vez: Yo no soy muy bueno con los diálogos. Y es que nadie es perfecto. Todos tenemos nuestro Talón de Aquiles.

De este famoso autor he leído varias obras, empezando con Cien años de soledad; El amor en los años del cólera; Crónica de una muerte anunciada; El laberinto del general; Of love and other demons (versión en Inglés); Cuentos peregrinos y muchos otros de sus cuentos.  Ahora bien, de todas ellas, la que más me impactó fue Cien años de soledad. Esta novela tuvo una acogida mundial enorme. Yo la he leído dos veces y en ocasiones abro el libro en las primeras páginas y leo un poco. Siempre me preguntaba qué me fascinó de esta novela que no posee una trama fuerte, casi inexistente, tampoco una personificación espectacular, pues existen tantos Aurelianos que prácticamente me pierdo en identificar quién sucedió a quién. Este hecho fue para mí un enigma durante años. Entonces, hace unos meses llegué a una conclusión; posible solución del problema. Es decir, una explicación loable, razonable del fenómeno que constituyó el éxito inmediato de esta novela de García Márquez: El verdadero misterio que encierra esta obra es que, en su conjunto, es una obra de arte.  Ni siquiera el autor se percató de este hecho. En varias entrevistas, en respuesta a distintas opiniones interpretativas de críticos sobre la obra, dijo: el mensaje de este libro, símbolos y otros aspectos, solamente los pueden entender mis amigos. Ahí no hay nada, terminaba diciendo.

Esa magia, la integración de elementos fantásticos y reales, en conjunción con una narrativa novedosa y espectacular, con expresiones jocosas y sorprendentes no se repiten del mismo modo en sus otros libros. En realidad, duplicar una combinación tan singular no es fácil de lograr. Todo escritor o artista, en general, aspira a crear al menos una obra maestra. Aunque estos dos conceptos no son necesariamente la misma cosa. Una obra de arte pudiera ser catalogada como obra maestra, pero tal vez no alcanzar tal categoría. Sin embargo, lo inverso sí determina esa doble condición. También el hecho de evaluar una obra como obra de arte tiene un carácter relativo, subjetivo, porque siempre existen muchas opiniones opuestas a tal consideración.Una obra de arte se convierte en obra maestra cuando transciende. No obstante, la última palabra no está en dependencia de los críticos sino del público y de su vigencia en el tiempo. Y es precisamente esto lo que ocurre con Cien años de soledad de García Márquez. La diferencia de valorización de una obra entre críticos y el público es notable. Los críticos poseen un ojo clínico entrenado tanto por estudios prolongados como la experiencia que otorgan los años, y, en consecuencia, pueden ver más allá que los otros. Muchos lectores se sienten atraídos, fascinados, por esta pieza y desconocen las razones. Una pieza de arte, entendiéndose por esto, una gran obra de arte, posee una magia inexplicable. Por ello, Cien años de soledad tiene un hechizo especial que pretende ser algo y no lo es, pero que cautiva al lector cuando se adentra en su amalgama deslumbrante de frases sorprendentes, personajes que aparecen y desaparecen y vuelven a aparecer de modo extraño y la muestra de hechos imposibles que, a pesar de todo, ocurren.  En la que nada se ajusta a la estructura de la novela clásica o tradicional con una trama confusa o inexistente y personajes que no son motivados por el principio de causa y efecto. Uno de los hijos de la pareja creadora de la familia Buendía, José Arcadio Buendía y Ursula, el coronel Aureliano Buendía, llega a ser jefe del partido liberal, y escapa de catorce atentados, sesenta y tres emboscadas y del paredón de fusilamiento. Un personaje legendario, casi mitológico, inmortal, Imanes que desclavan los clavos de las paredes de las casas. La muerte de Úrsula, madre de los tantos Arcadios y Aurelianos, que vivió tantos años que enterró a casi toda la familia, provoca un calor tan intenso que los pájaros se estrellaban como perdigones contra las paredes y morían en masa. Estos hechos fantásticos, entre otros tantos, suceden como la verdadera realidad en la obra. Es decir, lo fantástico es lo preponderante y la realidad juega un papel secundario. En otras palabras, se rompen reglas y principios. Y es precisamente esto lo que hace de esta novela una creación tan destacada. La nada se convierte en algo majestuoso. Una abstracción de la realidad que fascina a muchos y decepciona a otros, como ocurre con cualquier pieza de arte. A modo de respaldar este punto de vista veamos algunos pensamientos de grandes artistas:

Aprende las reglas como un pro, de modo que puedas romperlas como artista.  — Pablo Picasso
El verdadero trabajo de arte no es más que la sombra de la         perfección divina. —Michelangelo
Algunas veces la realidad es demasiado compleja. La ficción le da forma. —Jean-Luc Godard
Arte no es un espejo que sostiene la realidad, pero un martillo con el cual darle forma. —Berthold Brecht

En conclusión, esta obra carece de una trama tradicional o, al menos, detectable. Ésta se transforma en una sucesión de hechos perdidos en el tiempo, cien años, y sus personajes se muestran en una secuencia en espiral como moviéndose en una carrera de relevos, sin motivación aparente. Es decir, sin causa ni efecto, pero se mueven. Una obra que no se puede subdividir en partes del todo, porque de esta manera no quedará nada. Por tanto, hay que verla como una pintura abstracta que no representa nada en concreto en la que los contrastes, pinceladas sin un orden determinado, de los colores constituyen los elementos que le dan cuerpo y fuerza. O tal vez, vista en su conjunto, como una orquesta en la que los músicos tocan sus instrumentos sin atenerse de modo estricto a los dictados del director que en ciertos momentos logra algunos acordes armónicos. Es una disonancia mágica que se hace armónica y fantástica sin atenerse a una partitura central que el director intenta controlar con ciertos mecanismos ocultos. El resultado final es una sinfonía que los espectadores escuchan maravillados por el colorido contratante de los sonidos y las imágenes virtuales que estos sugieren.

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